Viajero Nomada en México

Juan Andrés por tierras mexicanas


1 Comment

Volver volver

 

Hay tanto que decir y al mismo tiempo es tan fácil que os lo imaginéis, que las palabras casi estorban.

Al llegar al aeropuerto de Madrid, me voy derecho a cumplir con un ritual que sigo desde que hace más de dos décadas comencé a cruzar el charco en mis primeros viajes: me voy directo a uno de los bares de la terminal que me toca en suerte y pido un bocadillo de jamón ibérico y una caña. Es mi particular bienvenida de vuelta a este país que se lleva en las venas como una adicción irremediable.

Desde allí llamo a Rosa. Ella no sabe qué dia regreso, de hecho cree que llego en Semana Santa. Mis hijos y yo hemos urdido un plan sorpresa. La llamo desde el móvil, mientras camino por la cinta mecánica. Mi intención lúdica es hacerle creer durante unos minutos que la llamo desde México, como tantos otros domingos por la tarde durante once meses, pero apenas cruzamos dos frases cuando la megafonía del aeropuerto me traiciona, ella se da cuenta que estoy en Madrid y comienza a gritar (presumo que de contenta).

Antes de tomar ese último vuelo que me llevará a Alicante, en el mismo aeropuerto de Madrid, me encuentro con uno de mis hijos, el que está estudiando en la capital. Solamente tenemos hora y media para abrazarnos y tomarnos ese bocadillo y esa caña juntos. Nunca antes me habían sabido tan bien.

La llegada al aeropuerto de Alicante es sencilla de imaginar. Rosa y mis otros dos hijos me esperan con un cartel escrito a mano que dice: Sr. Hernández. Una nota de humor. Me ven llegar desde lejos. Llevo puesto el sombrero de vaquero que me compré en Arandas (Jalisco). Mi hija da saltitos de alegría y nervios mientras me acerco empujando el carrito con las maletas. Besos, abrazos. Sonrisas de oreja a oreja. Ella se queda para el final y cuando me abraza, no me suelta. Me aprieta con tanta fuerza, como si temiese que fuera una alucinación o que diera media vuelta en cualquier momento para irme de nuevo. Llora como una magdalena. Yo también. Porque por fin estoy en casa.


Leave a comment

Relato breve de un no sucedido

que-hace-en-caso-de-balacera-reynosafollow-BDP096lCYAEeVrt.jpg_large

A veces los sucesos no acontecen y se quedan en un limbo virtual de las cosas que no pasan. A veces es simplemente cuestión de 2 minutos, es decir, dos pequeños movimientos de las agujas de un reloj para que algo que iba a pasar, no suceda.

Es viernes por la mañana y salgo de casa de Diego para ir a tomar el autobús. La parada está a unos trescientos metros. Al salir de la casa, en la siguiente esquina, se gira a la izquierda por el malecón del rio y a cinco minutos, a la derecha, está la banqueta de hierro y la mampara de cristal donde para la línea del “circuito auxiliar”. El malecón del rio es un cauce seco de seis o siete metros de ancho que separa la calle en dos mitades, con sus respectivas aceras. Voy caminando por la de la derecha, en el sentido del tráfico, bajo la sombra agradable de los árboles que acompañan el discurrir del malecón, cuando un señor sentado en un banco se dirige a mí inesperadamente: oiga, ¿Cómo ve? ¡Acaban de matar a un tipo a balazos hace dos minutos!

Me freno en seco. Giro la cabeza hacia la izquierda, siguiendo la mirada del hombre, y me topo con un cadáver ensangrentado tirado como un bulto en medio de la calle, al otro lado del rio seco, a una treintena de metros de donde estamos. Está boca abajo, con la cara aplastada contra el asfalto y el brazo derecho atrapado debajo de su propio cuerpo, como si se hubiese desplomado igual que un árbol talado. De la espalda brotan dos orificios de sangre.  La policía todavía no ha llegado y apenas hay algunos curiosos.

El testigo me explica que la víctima bajaba de una camioneta pick-up roja cuando un motorista se ha acercado y bang-bang, le ha pegado dos tiros.

Nada que hacer.

Me voy a la parada del autobús, que queda justo a la altura del balaceado, pero en el otro lado de la calle. Desde allí contemplo cómo llegan las primeras patrullas de federales. Me llama la atención que comienzan a organizar la escena, a despejar a los curiosos, cortar el tráfico, etc… pero ninguno se acerca a comprobar si el hombre sigue vivo, aunque su postura forzada y su completa inmovilidad parecen indicar que no es así. Al cabo de diez minutos uno de los policías, un muchacho joven, se arrodilla junto al muerto, le ausculta la yugular con la mano y hace un gesto negativo con la cabeza.

Todo se ha llenado ya de efectivos policiales, llega también una ambulancia, sin prisa ninguna, ¿para qué?. Algunas patrullas motorizadas pasan veloces delante de mí, se escuchan las consignas que emiten por sus radios: buscan a un güey en una moto Hoda color azul, con playera gris y casco blanco.

Llega mi autobús. Salgo de allí sin poder dejar de pensar, con un nudo en el estómago, en qué hubiese sucedido si hubiera salido de casa dos minutos antes.


Leave a comment

San Miguel de Allende

Colorful Steet,  San Miguel de Allende, Guanajuato, Mexico

Dicen que es la ciudad más bonita de México. Lo dicen los de allí, los de San Miguel, claro, pero nada más llegar tengo la sensación de que no andan desencaminados. Nuestros anfitriones, Adriana y Alberto, nos han dejado en el centro para que recorramos a pie las callejuelas empedradas y podamos rozar con la punta de los dedos los siglos de historia que impregnan las fachadas de colores arcillosos y los viejos portones de madera oscura con aldabas de hierro fundido, porque esa es la manera de empaparse de esta pequeña ciudad que fue un pueblo allá en su fundación en 1542, bautizado como San Miguel el Grande por un monje español y que en sus primeras décadas tuvo cierta relevancia como punto de paso de la ruta de la plata que iba desde las minas de Guanajuato hasta Zacatecas, en el centro del país.  Sin embargo, fue varios siglos después cuando la ciudad adquiere toda la importancia que hoy tiene: primero, porque en ella nació Ignacio Allende, uno de los líderes de la Independencia de México ( en 1826 el municipio cambió su nombre por el de San Miguel Allende, en honor del insurgente ), y segundo, porque a mediados del siglo XX la coqueta urbe fue “descubierta” por grupos de artistas extranjeros que establecieron allí sus talleres y que le confirieron fama de bohemia, lo que unido a su hermosa arquitectura colonial y su buen clima la han convertido en centro de atracción de turistas de paso y turistas residentes que vienen de todas partes del mundo.

Caminamos con parsimonia por decenas de calles que confluyen o circunvalan la plaza central del pueblo, donde la imponente fachada de cantera rosada y las torres barrocas de la parroquia de San Miguel Arcángel acaparan las miradas de los miles de turistas que abarrotan y llenan de bullicio el lugar. El dia luce radiante de sol, de risas y conversaciones.  Frente a la parroquia, a la sombra de los árboles esculpidos por las tijeras de jardineros con inquietudes artísticas, los mariachis alegran la mañana con rancheras, corridos y boleros al más puro estilo tradicional. Las botonadoras de plata de sus trajes de charro refulgen con cada rayo de sol que se cuela entre los árboles.

San Miguel de Allende está invadido de luz y turistas que parecen salidos de alguna pasarela de modas de Nueva York, jóvenes y bellos con sus ropas de marca y con esos sombreritos borsalino que abundan tanto. Ellas se tocan los cabellos con coronas de flores, como si fuesen ninfas del bosque o princesas hippies. Son guirnaldas que venden en los puestos callejeros junto con una oferta inacabable de artesanías que deslumbran y vacían los bolsillos: joyas de plata y malaquita, collares de oxidiana, dioses aztecas de piedra volcánica, máscaras de madera, tapetes y mantas de algodón de colores estridentes, códices precolombinos dibujados sobre corteza de amatl, calaveras de barro decoradas a mano, “catrinas” de papel maché…

El apetito se despierta al mediodía y buscamos entre la amplia oferta de restaurantes llenos de encanto alguno donde no tengamos que empeñar las muelas de oro. Lo mejor es abandonar las calles principales y adentrarnos en territorios más ignotos. Es un método que a veces funciona. Encontramos una fonda-restaurante que anuncia en un tablón de pizarra: comida corrida, 68 pesos. La puerta de entrada se abre directamente a unas escaleras embaldosadas de barro rojizo y azulejos de inspiración andaluza. Subimos y nos quedamos un poco amilanados por la ausencia de comensales. El lugar es de espacio generoso y decoración bohemia. Tiene unos techos bajos y abovedados de ladrillo rojo que le dan aspecto de bodega y está dividido del recibidor y del pasillo donde asoman las puertas de las habitaciones por una barandilla de madera antigua que me lleva a una curiosa asociación de ideas: parece que estemos en el castillo de popa de un galeón del siglo XVI . Las mesas, sillas y alacenas son de madera rústica y por todos lados descansan o cuelgan cacerolas de peltre, cucharones de madera, peces de barro coloreados, candiles de hierro oxidado, alguna armadura tamaño souvenir… Nos sentamos en una mesa junto al balcón abierto por donde entra una brisa refrescante, solamente hay otra mesa ocupada y está alejada de nosotros, en la zona frente a la barra del bar, que está a un nivel más alto que la nuestra, nos separan tres escalones de madera, acentuando ese efecto ilusorio de camarote de popa de galeón, pero de galeón pirata, porque esa otra mesa está ocupada por un grupo de siete personas que departen con alegría y bullicio y que además van exhibiendo algunos rasgos cuanto menos extraños, incluso algo bucaneros. La familiaridad con que hablan los identifica como dueños de la fonda, sin lugar a dudas. Nos ignoran hasta que una señora excesivamente voluminosa se nos acerca, solícita y amable, a preguntarnos si nos han atendido ya. Su voz es gangosa y tiene una cicatriz rosada en una mejilla, como una salamandra. Nos manda a una mesera de sangre indígena. Mientras esperamos que nos traigan la encomienda, un hombre del grupo se levanta y pasa junto a nosotros, camino del balcón. Es viejo y barbudo. Cojea lijeramente y mastica el extremo ensalivado de un puro habano que enciende en cuanto se asoma al aire libre de la balconada. Tiene una mirada hosca. No sé si es mi imaginación, a esas altura ya desatada, pero desde algún rincón alejado parece venir la voz estridente de un loro que grita algo sobre unos doblones de oro.

Cuando estamos dando cuenta de los deliciosos chiles rellenos de queso que hemos ordenado, aparecen dos filibusteros más. Uno bajito, delgado, de piel aceitunada, barba de mosquetero y un pendiente de aro en la oreja derecha.  Tiene una sonrisa pícara, de medio lado. El otro, alto y corpulento, de pelo rizado, viste con un viejo chaleco con brocados dorados, seguramente aprehendido en algún saqueo. Son los músicos. Cuando se incorporan al grupo hay movimiento de vasos de tequila ( o quizás sean de ron ) y aumenta la jovialidad de la horda. El bajito se sienta a los teclados, el alto se amorra a una trompeta, ambos nos sonríen, somos los únicos clientes, y de pronto, suenan los compases atrevidos y algo canallas de “Pedro Navaja” , el aire limpio vibra, el chile relleno está exquisito y la tarde se torna mágica.


1 Comment

Los vigis del barrio

watchmen

La calle, con nombre de pintor renacentista, se recorre a pie en menos de un minuto. Los portones de hierro de las cocheras flanquean las estrechas aceras. Las casas son adosadas y de una o dos alturas, de aspecto dispar en cuanto a diseño y color. Son casas sólidas construidas hace treinta o cuarenta años, decentes pero sin lujos ni ostentaciones, aunque algunos propietarios han añadido un piso adicional o una habitación extra o una terraza donde exhiben la mejoría de su nivel económico. Es una calle de barrio donde los vecinos se saludan por las mañanas cuando sacan los coches para ir a trabajar o cuando se encuentran unos a otros camino de la tienda de abarrotes de la esquina. Se saludan al estilo mexicano, parándose un momento y preguntando por la familia y la marcha de las cosas. Sin prisa.

En ocasiones se forman algunos corros en la calle, de varios vecinos que conversan. Me recuerda esa vida de proximidad de cuando yo era niño y mi madre se comunicaba con las vecinas a gritos por el patio del edificio y todos se enteraban de las obras y milagros de todo el mundo.

El lunes por la noche mientras ayudaba a C. a guardar su camioneta en la cochera, el vecino de enfrente, el mismo que organizó las posadas de Navidad, se nos acercó para preguntar si conocíamos la identidad del presidente de la colonia. El motivo: organizar una reunión para tratar el asunto del aumento de la inseguridad en el barrio. Nos contó que en las últimas semanas ha habido varios robos en casas de la vecindad y que además esa misma mañana había tenido lugar una balacera varias calles más allá, en la zona fronteriza con la colonia colindante, San-no-se-qué, de mala reputación a pesar de lo santo del nombre.

Este asunto de la inseguridad puede parecer recurrente en este blog, pero es inevitable dadas las circunstancias del país. Lo curioso de este caso, y por eso lo refiero aquí, es el pequeño descubrimiento que hice a continuación y que revela una vez más esa peculiar idiosincrasia mexicana, mostrando por ende cómo funciona una sociedad con muchas carencias.

Cuando el vecino del lunes por la noche nos contó sobre su preocupación, inmediatamente pensé en voz alta sobre la inutilidad del servicio de vigilancia de la colonia. Este servicio de vigilancia me resultó chistoso desde el primer día que llegué de visita a casa de C. Consiste en varios vigilantes, o “vigis”, como los llama ella, que circulan por las calles de la colonia en moto o en bicicleta. Hacen sus rondas en solitario, repartiéndose las distintas calles, durante todo el día y toda la noche. Algunos se mueven en esas motos japonesas antiguas y feas, de poca cilindrada, que se ven tanto en los países asiáticos; otros montan en bicicletas de montaña baratas. No visten uniforme, pero todos llevan unas chamarras de plástico negro que con la palabra “vigilante” escrita en la espalda, en combinación con ropa demasiado ancha que de seguro nunca ha pasado por una lavadora. Los de las motos usan unos cascos ridículos con aspecto híbrido entre casco nazi de la Segunda Guerra Mundial y orinal de plástico. El aspecto general de todos estos vigis es de haber salido de una película de Cantinflas, con mis respetos al genial actor. Además, y no sé muy bien el motivo, todos utilizan un silbato que hacen sonar constantemente. Lo llevan de forma perenne en la boca y van pitando conforme avanzan en su ronda, no tengo claro si para que los vecinos constaten su presencia o para que los potenciales ladrones tengan tiempo de esconderse. El único resultado visible de esa técnica es que por las noches es difícil conciliar el sueño entre sus silbatazos.

Volviendo a la charla con el vecino de enfrente sobre los robos, salieron a colación los vigis del barrio. Entonces me explicaron que nadie los contrató. Un día aparecieron en la colonia y comenzaron a hacer rondas y a pedir a cada vecino una contribución económica para sufragar sus servicios ( no todos les pagan, sólo los que quieren ). Además, viven en un parque que hay en el barrio: se instalaron en la caseta de “servicio” de un pequeño parque ajardinado, a la que le han dado carácter oficial rotulando “vigilantes”, a brocha gorda, en las paredes desconchadas, y donde tienen montado una especie de campamento zíngaro. Nadie los llamó y nadie sabe quiénes son ni de dónde salieron.

La respuesta de C. y su vecino cuando les pregunté qué utilidad tenían esos vigilantes fue inmediata y unánime: ninguna, es más, probablemente son ellos mismos los que roban en las casas.


Leave a comment

Sobre billetes rotos, oro y extraterrestres

 

 

oro (1)

El viernes por la tarde, ya rayando la noche, me enrolaron como voluntario escogido a dedo en uno de esos marrones que a veces le toca a uno comerse sin rechistar, pequeños sacrificios por los amigos. En cualquier caso, nada grave: a C. le habló una buena amiga que está empezando uno de esos negocios multinivel que tanto les gustan a los mexicanos (gusto contagiado de los gringos). Esta amiga está en una “línea” que depende de un matrimonio, llamémosles los Guzmán, que había organizado una reunión de presentación a la que cada “acólito” tenía que llevar a cuanta más gente mejor. Por eso, C. , siempre solícita con sus amigas cercanas, quiso que la acompañara, para hacer bulto.

Los sistemas multiniveles me dan grima, pero qué remedio, tocaba estar al quite. A eso de las ocho llegamos a la casa de los Guzmán, grande y espaciosa, sita en una bonita colonia leonesa. La concurrencia no era demasiado nutrida: apenas  una docena de personas. Ya estaban casi todos allí, sentados en semicírculo en torno al orador ( Daniel ): Un chico joven con manifiesto don de gentes y vestido como un ejecutivo de cuentas de un banco que ya tenía dispuestos el ordenador portátil, un proyector con su pantalla y una pizarra vileta. Todo muy profesional.

El negocio en cuestión se basa en la compra-venta de oro. Se trata de una empresa, llamémosla Goldminex, europea, que funciona de forma similar a Amway, Oriflame y ese tipo de compañías, pero que en vez de cosméticos o artículos de limpieza, vende oro como producto de inversión. Por lo tanto, como es lógico, la conferencia comenzó como una clase de economía financiera, o al menos a mi me recordó los viejos tiempos de primero de carrera. Daniel, con esa facilidad de palabra verborreica que suelen tener muchos latinoamericanos, inició su exposición explicando los tiempos remotos en los que el comercio se basaba en el trueque y la posterior aparición de las monedas de metales preciosos. Explicó con soltura la evolución del dinero, cómo los billetes y monedas emitidos por los bancos centrales de los distintos países estaban antes respaldados por unas reservas de oro y de hecho eran canjeables (teóricamente) por dicho metal, hasta que se abandonó el “patrón oro” y poco a poco llegamos al dinero fiduciario actual, que no tiene valor intrínseco, sino que se basa totalmente en la confianza de los agentes económicos.

Sin embargo, la rigurosidad de su discurso duró diez minutos. Después de la introducción comenzó a desvariar y mezclar conceptos, a hablar de inflación, tasas de interés y del funcionamiento del sistema financiero tergiversando verdades e intercalando falsedades dolosas. El objetivo era hacernos ver que el dinero no vale nada por culpa de la inflación, la cual además es fruto indudable de una conspiración judeo-masónica entre los banqueros y el gobierno (tanto unos como otros, seres infernales y maquiavélicos). Incluso llegó a romper delante de todos un billete de doscientos pesos. El público que me rodeaba asentía y hasta aplaudía. El Sr. Guzmán, muy interesado en que calara el mensaje entre sus futuros clientes, hacía de cómplice encubierto entre la audiencia, asintiendo vehementemente a las barbaridades que contaba Daniel y apoyándolas con contundencia. Yo estaba asustado de ver el peligro que puede alcanzar el binomio manipulación-ignorancia, porque no dudaba que Daniel y el Sr. Guzmán sabían muy bien que la mitad de lo que allí se estaba contando era  mentira y la otra mitad verdades a medias, no podía concebir que fuese de otra manera, sobre todo porque todo el discurso estaba muy bien hilvanado y perfectamente diseñado ateniéndose a un sistema eficaz: contar media docena de detalles verídicos que en algunos casos son anecdóticos respecto al argumento principal (lo que ha subido el precio de la gasolina, la exagerada cantidad de impuestos que paga el contribuyente medio, la altas tasas de interés…)  y entretejer por en medio las tres o cuatro tremendas falacias que al final, mezclando churras con merinas,  le llevaron a dejar bien claro que había que comprar oro como posesos, porque, según él, gran experto financiero, gurú de la bola de cristal económica, el oro iba a subir un diez mil por ciento en diez años. Ahí queda eso.

A continuación llegó la parte en la que nos abrió los ojos sobre cómo era mucho mejor comprar ese oro en Goldminex que andar dándoles a ganar a los bancos que habitualmente venden Centenarios de oro y lingotes. Ahí se enredó en un galimatías de “líneas”, mesas de compra, cupos y no se cuantas cosas más. Yo no entendí nada y me atrevo a asegurar que el resto de gente solamente se quedó con las cifras de supuestas ganancias que lanzaba a la audiencia ( que si tres mil euros la primera semana, que si el doble al cabo de un mes… ).

Yo, en contra de lo que había previsto, no me estaba aburriendo en absoluto. No quise contradecir nada de lo que Daniel aseveraba con tanta audacia, por no entrar en polémicas y porque no me corrieran de allí a gorrazos. De vez en cuando, por lo que se ve, no podía evitar sonreír, por que en determinado momento me dijo: Juan veo que no para de sonreir, jajajaja, en España todo esto es igual ¿verdad? Y yo asentí divertido, claro que sí.

Pero no creáis que  la diversión acabó ahí. Como las muñecas rusas, que siempre hay una más pequeña dentro de la que ya crees la última… la cosa tuvo su catarsis final.

La reunión parecía que ya daba a su fin, el ponente recogía sus bártulos y los asistentes nos removíamos en las sillas ya con ganas de levantarnos, cuando se inició una conversación de cara a la galería, a duo entre el Sr. Guzmán y Daniel, algo parecido a esto:

Sr. Guzmán: … porque sabréis que existen temas de física molecular muy interesantes, la vibración de la materia, ya sabeis, la famosa “vibra”… el oro es el material que más vibración tiene, y eso es muy positivo, eh, tiene una vibra muy alta…

Daniel (poniendo cara beatífica de saber cosas que el resto de los mortales desconocen): así  es… es muy bueno llevar cosas de oro encima, sobre todo cerca del cuerpo.

Mis compañeros oyentes asienten.

Daniel:  Por ejemplo, hay una figura… la estrella de David… eso es algo extraordinario… llevar una estrella de David de oro, junto al corazón…

Se  golpea el pecho con la mano. Todo el mundo parece estar de acuerdo, incluso alguien apoya la tesis con una anécdota sobre un primo o un cuñado, no recuerdo bien, y algo relacionado con unos vasos de agua que llevan oro en el fondo.

Sr. Guzmán: Podríamos estar hablando de las propiedades del oro toda la noche, Daniel nos puede contar muchas cosas increibles ¿Verdad, Daniel? (aquí Daniel sonríe de medio lado), pero, bueno…. Os aconsejo que veais una película… si quereis entender mejor cómo va esto… Cowboys and Aliens… ( miro alrededor ¿sólo yo me he quedado con cara de póker?)… (una pausa teatral)… veréis… el oro es muy codiciado, y no sólo por gente de este planeta…

Sin comentarios


Leave a comment

Un águila sobre un nopal

Copia_de_aguila

El otro día hablaba de leyendas y guerreros aztecas. Eso me ha llevado a acordarme, con bien poco esfuerzo, pues es una pieza a la que le tengo mucho cariño, como veréis, de un imponente guerrero mexica fundido en bronce macizo, de unos tres palmos de alto, que desde hace muchos años vigila el salón-comedor de casa de mis padres. Es una estatua que siempre me ha agradado y que tiene una gemela aquí en León, en casa de Diego y Josefina: el guerrero está de pie, con porte altivo, propio de la casta guerrera azteca, con la cabeza tocada por un majestuoso penacho de plumas y con uno de sus poderosos brazos señalando un águila que posada sobre un nopal devora una serpiente. La escena hace referencia a la leyenda según la cual los mexicas recorrieron las vastas tierras mexicanas, mucho antes de que las naves de Cortés asomaran su velamen por el horizonte, buscado un lugar donde fundar la capital de su imperio. Según su mitología, reconocerían ese lugar cuando vieran un águila sobre un nopal devorando una serpiente. Y al  parecer contemplaron dicha escena justo en el Valle de Anáhuac, donde fundaron Tenochtitlan, la actual Ciudad de México.

El apego que le tengo a ese guerrero de bronce se debe a que fue un regalo que Diego le hizo a mi padre en una de nuestras primeras visitas a León. Creo que fue en el año 1993. Mi padre y yo estuvimos un par de semanas en casa de Diego y Josefina, como siempre que veníamos a la ciudad y la víspera de nuestro regreso a España, nuestro amigo apareció con esa estatua enorme, que pesa un quintal, como obsequio para que nos la lleváramos a casa en el avión ( al verla pensamos seriamente que quizás tuviésemos que comprarle al guerrero mexica un billete para poder llevarlo con nosotros ). Entonces mi padre me encomendó una misión. Consiguió averiguar dónde vendían aquellos guerreros tan aguerridos y me mandó en un taxi a que buscase el lugar y comprara otra estatua igual para Diego. Así que allá me fui yo, bastante jovencito por aquel entonces, en uno de aquellos taxis verdes que, recuerdo muy bien, por aquellos años tenían los asientos socavados por agujeros como el puño y las puertas sin revestimiento interior, como si los hubiesen rescatado in extremis del desguace municipal. Encontré la tienda cerca del centro. El taxi me esperó a dos cuadras (léase dos manzanas), porque era una calle donde no se podía estacionar. Encontré otro guerrero de bronce exactamente igual que el regalo de Diego. El acarreo hasta el taxi, a pulso, me hizo darme cuenta que el estoico mexica, con su águila, su nopal y su serpiente, pesaba más que una jodida bombona de butano.

El reto siguiente fue embalar la estatua que nos teníamos que llevar a España y hacerlo de manera que quedase suficientemente protegida para el largo viaje. Diego y mi padre, pertenecientes los dos a un selecto club de “empaquetadores universales “, algo así como una especie de liga masona del envase y el embalaje, técnicos y artistas por igual de la envoltura, la caja de cartón, el papel de burbujas, el papel de estraza y, sobre todo, el atado con cordón y cuerda, a la antigua usanza, como cuando no existía el precinto. Los dos, como digo, disfrutaron al unísono de aquella tarea y dejaron al indio viajero listo para cruzar mares y océanos. Eso sí, después de la puesta de largo pesaba el doble. Yo creo que el avión de Iberia que nos llevó desde México a Madrid volaba ladeado.

Por una de esas tergiversaciones fruto de la ignorancia, en casa bautizamos a la estatua como Cuauhtemoc, aunque a veces simplemente lo llamábamos (lo llamamos), el indio. Cuauhtemoc es quizás el guerrero azteca (o mexica) más conocido. Sin embargo,  no tiene mucho que ver con la leyenda del águila y el nopal. De hecho, es un guerrero real, no sacado de ninguna leyenda. Cuauhtemoc fue el último de los tlatoani, los dirigentes aztecas que reinaban en Tenochtitlan. Primo de Moctezuma asumió el poder  en 1520, un año antes de que Hernán Cortés, con un puñado de soldados españoles y cien mil guerreros indios tlaxcaltecas tomara la ciudad de forma definitiva. Cuauhtemoc había destacado anteriormente como feroz guerrero en las luchas contra los españoles  y ya como regente sobresalió por la férrea  defensa de la ciudad, aunque finalmente ésta cayó y Cuauhtemoc fue hecho prisionero por los invasores ( algún tiempo después, tras torturarlo para que revelase dónde estaban los tesoros de la ciudad, fue ahorcado ). Sin embargo, a pesar de la anacronía, nuestro indio de bronce tiene el mismo aspecto con el que se suele representar a Cuauhtemoc en litograbados e infografías, de ahí que lo bautizásemos así.

El caso es que ahora es un evocador recuerdo de aquellos primeros viajes a México y de otra época distante donde el mundo estaba por descubrir para mi.  Un tiempo en el que todos, a nuestra manera, éramos guerreros.


Leave a comment

Bajo el volcán

Popo-51

Cuenta la leyenda que en una pequeña aldea del Valle de Anáhuac habitó una pareja de enamorados. El era un valiente guerrero y un día tuvo que partir a una de las tantas luchas tribales que anegaban de sangre el México prehispánico (posteriormente fueron otro tipo de luchas las que mantuvieron la hemorragia). Su enamorada lo aguardó impaciente durante semanas. Ella era una joven hermosa que atraía muchas miradas, incluida la del jefe de la aldea, un hombre astuto que no solía asistir a ninguna batalla. El jefe, decidió que había llegado su oportunidad y como buen político mintió a la joven dama y le aseguró que su amado guerrero había muerto honrosamente en el fragor del combate, que esas eran las malas nuevas que habían traido los mensajeros. Pasados unos días de duelo, el oportunista político continuó con el uso de su eficaz dialéctica y convenció a la joven para que se casara con él.

Una semana después de la ceremonia, cuando ya el matrimonio había sido consumado profusamente, el atardecer  trajo consigo el regreso de un pequeño y  exhausto  grupo de guerreros de la aldea.  La joven y bella esposa del jefe de la tribu palideció de angustia cuando reconoció a su amado, que venía al frente del grupo, demacrado, pero con el porte altivo y orgulloso propio de un guerrero azteca. Presa de un dolor insoportable la chica se revolvió con el odio en los ojos hacia el hombre que la había engañado de forma vil y cobarde, se arrojó al suelo y derramó sus lágrimas sobre la tierra fértil del valle. A su lado, el jefe sonreía de medio lado, mientras el guerrero lo entendía todo sin ninguna explicación.

Enajenado por la cólera, el guerrero se lanzó sobre el jefe y ambos se enzarzaron en una terrible lucha que se prolongó durante largas horas y que les llevó lejos de la aldea. Ya muy entrada la noche, el jefe cayó herido y, derrotado y humillado, huyó del lugar para siempre. El guerrero volvió por su amada, pero para su tristeza la encontró muerta, tendida en el suelo, en mitad del valle. No había podido soportar la pena y la vergüenza de haberse entregado a otro hombre. El guerrero se arrodilló junto a ella, con una antorcha encendida en la mano, arrancó flores y cubrió por completo el cuerpo de su amada con fragantes pétalos de Yoloxóchitl, la “flor del corazón”.

Y sique contando la leyenda que en un momento dado se estremecieron la tierra y el cielo y que llovieron piedras de fuego sobre los cinco lagos del valle. Al amanecer habían aparecido allí dos montañas nevadas, dos volcanes majestuosos. Uno de ellos tenía la forma inconfundible de una mujer recostada sobre un túmulo de flores blancas y el otro, más alto, era sin lugar a dudas la figura de un guerrero azteca arrodillado a sus pies.  Desde entonces, esos dos volcanes que hoy vigilan el Valle del Anáhuac, también conocido como valle de México, tuvieron por nombres Iztaccihuatl, que quiere decir mujer dormida, y Popocatépetl, que se traduce por cerro que humea.

Aquellos eran tiempos en los que se adoraba a los dioses de la naturaleza, al dios Coyote y al dios Colibrí, y los volcanes Iztaccihuatl y Popocatépetl  formaban parte del panteón azteca y se les rezaba y adoraba por ser sus faldas las fuentes de donde provenía el agua que fertilizaba los campos.

Hoy en dia, los lagos del valle de México ya no existen, los españoles los drenaron y secaron después de la conquista, pero en los días claros, cuando la contaminación lo permite y si a uno le ha tocado asiento de ventanilla en el avión, al despegar del aeropuerto de la antigua Tecnochtitlan se pueden ver,  a lo lejos, adueñadas del horizonte, las impresionantes figuras del Iztaccihuatl y el Popocatépetl.